En tierras de Tormenta

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el extraño.

Shedain se cosió el tajo del costado como buenamente pudo, con sus rudimentarias herramientas de primeros auxilios: una aguja de hueso e hilo de tripa de ovino. Bebió y descansó un par de horas. 
Cuando los Sombra no volvieran a su campamento base, descubrirían que su misión de pararla y arrebatarle el objeto habría fracasado; y a aquellas horas ya debía tener algunos más siguiéndole el rastro.

Estaba tan solo a dos días de la ciudad, tan sólo debía llegar hasta el río y borrar su rastro. Dicho y hecho. Se sumergió en las turbias y arremolinadas aguas y se dejó llevar por la corriente. Un buen trecho más abajo podría salir cauce fluvial sin dejar huellas, pues se formaba un recodo sobre el que varios troncos caídos había hecho una especie de puente. Se agarró a la madera recubierta de liquen, y trepó con bastante esfuerzo, notando como algunos puntos se desgarraban al estirar el torso. Sin saberlo ni ser consciente, hizo un gesto de dolor con la cara, algo inaudito de una adem. Su subconsciente la había traicionado, pero como no había nadie para verlo, no le importó.

Salió del agua empapada, aterida, maltrecha y ahora muy cansada. ¿Habría perdido demasiada sangre? era posible, era una herida extensa y abierta. Caminó por la madera y después trató de pisar piedras y terreno tan firme que no dejase huellas. Debía despistarlos a costa de lo que fuese, pues no podría llegar a la ciudad antes de que le dieran caza, así como estaba. Antes de que anocheciera debía encontrar algo de comida o desfallecería, y cualquier cosa serviría, pero sin encender fuego. Su víctima fue una ardilla. Le repugnaba profundamente comer carne sin cocinar, pero no quedaba otro remedio. Enterró el pellejo bajo un arbusto y siguió su camino. Descasó otro par de horas y decidió que sería más sensato viajar de noche, cuando la oscuridad hacía más difícil de seguir su rastro. Pero estaba tan exhausta, tan maltrecha, que sus pasos eran torpes y lentos. Empezó a sudar y a tener frío: mala señal, eso era fiebre. La herida estaba infectada y comenzaba a ver algo borroso. Dio un traspiés y acabó magullándose la rodilla contra el suelo; así no podía seguir, no estaba en condiciones. Pero la alternativa era morir allí en el bosque, sin opciones de curación ni fuerzas para resistir. Una pequeña luz se coló en sus desenfocadas retinas; se acercó a ella, casi a rastras. Parecía una pequeña chabola en el bosque. Trató de llegar hasta la puerta y las fuerzas la abandonaron de nuevo, con lo que tuvo que apoyar su espalda en la pared de madera mientras resbalaba hasta el suelo y llamar con los nudillos débilmente.

Al principio no escuchó ningún sonido. Quizás no había nadie, era el refugio de algun pastor o cazador que no se hallaba dentro. Cerró los ojos con resignación, los temblores no podía pararlos, no podía controlar su propio cuerpo, y sin control..¿qué era un adem? nada. No quería pensar en las mil hipótesis  a cerca de su futuro inmediato, no acostumbraba a hacerlo, pero la fiebre campaba ya a sus anchas. Pensó en que moriría allí si el cazador la encontraba, a fin de cuentas era una mercenaria armada, herida y peligrosa. Pensó que que si la encontraban los Sombra, también perecería. Pensó que los animales salvajes darían cuenta de ella si caía en coma, y se estremeció. Ninguna hipótesis halagüeña cruzó por su cerebro. Trató de concentrarse en el latido de su corazón, es su ritmo acelerado en compensación a la falta se sangre y la fiebre. Si tan solo consiguiese encontrar la reserva de coraje y autocontrol que éste atesoraba...

Cuando sus ojos empezaron a cerrarse, incapaces ya de permanecer en lucha por más tiempo, observó unas botas grandes frente a ella, en el punto en el que había fijado la vista. Una voz áspera la interpeló.
- no me gusta que se mueran en mi puerta.- Y acto seguido lo que creyó una garra, por su tamaño, la arrastró dentro de la cabaña.

Olía a humo, y se escuchaba un incesante repiqueteo de una gotera.  Cuando abrió por fion los ojos se filtraba la tenue luz de un atardecer rojizo. Había dormido toda la noche y todo el día, y no estaba muerta pero no pudo evitar pensar que quizás aquel hecho no fuera una ventaja. Quizás sólo le aguardaba una muerte más lenta. Pensó además que la distancia que había ganado a los Sombra, ya se habría desvanecido. Giró un poco la cabeza para ver mejor dónde se hallaba y se encontró de frente con un rostro extraño. La piel era cetrina y de barba oscura, aunque de pocos días. Una enorme cicatariz de carne retorcida le surcaba el lado derecho de la cara, donde le faltaba el ojo. La cuenca estaba hundida pero cubierta con piel y nudos cicatriciales del remiendo tan burdo que le hicieron. No era un rostro agradable, y estaba unido a un cuerpo ancho, fornido y sucio. La suciedad era algo que la molestaba tremendamente, y a sus fosas nasales llegó el olor de la mole humana. Porque era humano..¿no?. Era muy alto y fuerte y sus rasgos no correspondían a los de la zona. Miró sus manos y eran enormes racimos de dedos ennegrecidos. Juraría que fue una garra lo que la arrastró adentro antes de desvanecerse; pero con la fiebre ya se sabe.

Miró a aquel hombre y rebuscó con sus pupilas su única y preciada posesión: Caelan. No estaba a la vista y eso la hizo ponerse nerviosa, aunque no lo exteriorizó.

- ¿Dónde está?.- Preguntó, suponiendo que el hombre sabría a que se refería. Por toda contestación recibió un movimiento de cabeza y un gruñido.



la caja.

La noche estaba ya entrada, la luna hacía buen rato que arrojaba su pálido resplandor sobre el bosque, provocando claroscuros entre el frondoso follaje de los árboles. Entre esa claridad plateada alternada con la negrura, caminaba sigilosa y atenta, prestando oídos a todo crujido, aleteo o sonido.
A lo lejos se escuchaban ladridos y aullidos lobunos. Más cerca de ella, el ulular tranquilo de algun búho. "Crack". Eso era una pisada. Se detuvo, pegó su espalda a un árbol, fundiéndose en la sombra que lo envolvía. Silencio de nuevo. Se centró en controlar su latidos, que se habían acelerado lo justo. "Crack". Otra pisada en el tapiz de hojas caídas. Estaba cerca. A su mente sobrevivino un flash, pintado en colores amarillos y naranjas.

- Es fácil para una adem entrenada como tú. Cuando regreses te daré le resto.- El hombre barbudo estrechó su mano para cerrar el trato. Le dio una pequeña bolsa y un tosco mapa.

Había seguido a los ladrones hasta su guarida, en una cueva escondida tras un tapiz de enredaderas. Había esperado hasta la noche, cuando algunos yacían durmiendo y otros borrachos. Había recuperado la cajita de palisandro remachada de plata, que contenía aquello tan preciado para su cliente y que no había querido desvelar. En el camino dejó un par de cadáveres. Como siempre, había inmovilizado al ladrón antes, pero si atacaban a matar, ella se defendía igual. La oportunidad se regalaba una vez; si se daba una segunda era fácil acabar muerto. No era del Lethani matar por matar, matar sin justificación para ello. Pero en ese caso, había sido inevitable, un daño colateral, y no le remordía la conciencia.

"Crack." Se estaban acercando. Estaba segura de que había al menos tres, pero sólo uno de ellos pisaba fuerte debido a su tamaño y torpeza. Los otros dos eran livianos y sigilosos. Eran dos Sombra. Dos asesinos entrenados, dos mercenarios del delito. Eran como los Adem, pero aceptaban trabajos deshonrosos y de malas artes, aquellos que los adem no aceptaban por atentar directamente contra todos los principios de Lethani.

Desenvainó despacio a Caelan, su vaina no cantó, como si supiera que un sólo sonido podría delatarla. La acercó a su cuerpo, ocultándola de la luna para evitar que su brillo la descubriese. Cerró los ojos, pues lo mismo daba tenerlos abiertos o cerrados en aquella oscuridad, y repasó mentalmente la letanía de su espada, que siempre le proporcionaba seguridad cada vez que iba a utilizarla.

Escuchó el silbido y se agachó rodando por el suelo. Dos artefactos pequeños en forma de estrellas afiladas habían impactado en el tronco del arbol donde hacía apenas dos segundos había estado su cabeza. Se incorporó como un resorte, todos los músculos en tensión, la tensión del familiar combate y su adrenalina. Recordó la Hoja que gira, el árbol espada y el cambiante viento que agita sus hojas, convirtiéndolas en letales cuchillas. No, si había superado eso, es que ese no era el día en que iba a morir.

Uno de los Sombra se abalanzó contra ella, portando en una mano una espada recta de un filo, y en la otra una réplica de la anterior pero más pequeña. Se trabaron en un remolino de choque de metales. Caelan cortaba el aire arriba y abajo, a derecha e izquierda con sus dos filos, manejados desde la empuñadura central por la adem. Ambos se movían con incalculable destreza y rapidez. El Sombra además iba de negro completamente, sólo se le distinguían las manos y los ojos. Eso le daba un plus de camuflaje. Pero Shedain había sido entrenada por Penthe, una de las mejores maestras de la escuela del viento en Haert. Había entrenado con los ojos vendados, porque Penthe bien sabía que la mala suerte puede venir también de noche.

De pronto recibió una buena patada por la espalda, que la obligó a rodar hacia delante con una voltereta, librandose de la filosa del Sombra por los pelos. Bien. El segundo revelaba su posición. Era un bruto cualquiera, el que había estado escuchando sus pisadas. Empuñaba un cuchillo carnicero y sonreía amenazadoramente. Ni corta ni perezosa, se movió a la velocidad de un puma, y realizando varias posturas del Ketan con gran rapidez, consiguió pararlo, hacerle un candado y utilizarlo de escudo humano. Conseguió que su compañero Sombra lo ensartase con la espada más larga. El ladrón cayó al suelo con el gesto desencajado por la sorpresa, y el Sombra se quedó sin una de sus espadas. Aquello empezaba a igualarse.

Se enzarzaron de nuevo en una pelea a patadas, puñetazos y tajos, que apenas podía ser vista por el ojo humano, entre la oscuridad y la rapidez con la que se movían. Pronto ambos empezaron a perder fuelle. Esa tensión máxima no podía mantenerse tanto tiempo.

El Sombra la hirió en un costado, al pillarla con la guardia cambiada. Un buen tajo, ciertamente aquella espada oriental estaba bien afilada. Ella notó como desgarraba el cuero, la piel, el músculo, y no pudo desgarrar las costillas porque el tipo había preferido deslizar la hoja en vez de clavarla.

Desde detrás suya, de nuevo, una garra la apresó y le hizo una presa. De no haber sido porque el Ketan contemplaba todas las posibilidades, allí mismo habría exhalado su último suspiro. Realizó una kata llamada "cobra enfurecida", impulsándose con los pies hacia arriba y hacía atrás, doblando su cuerpo sobre el del Sombra y obligándolo a soltar el candado. Agarró su brazo y lo retorció hasta sacarlo de la articulación. El tipo no dijo ni "ay!" y siguió defendiéndose con el otro brazo. Estaban tan bien entrenados como ella. El otro Sombra aprovechó para atacarla de nuevo, y de pronto se vio inmersa en un mar de negro del que salian disparados los golpes.  Le llovían por todas partes, algunos podía pararlos, otros no, y sintió ,por un instante, flaquear su determinación.

En ese momento recibió un golpe en la mandibula que la iba a dejar aturdida. Se esforzó porque eso no pasara, por continuar cuerda y atenta, pues de no ser asi, no vería amanecer. El Sombra del brazo dislocado dio un mal paso y erró el golpe, aquella buena fortuna le dio una milésima de segundo para ensartarlo con el filo de Caelan. Esa imagen la recordaría borrosa, fruto del aturdimiento contra el que luchaba con ahínco.

Lo que sucedió después apenas podía recordarlo con claridad. Giró la hoja sobre su cabeza y se lanzó en tromba a por el que quedaba, sin técnica ninguna, al estilo de los bárbaros. El Sombra debió quedar tan estupefacto de una maniobra tan ruda y descontrolada que la sorpresa fue su perdición. Cuando llegó hasta él ya volaba haciendo "garza que despega el vuelo" seguido de "rueda de molino".

"Crack. Tonck." Una cabeza salió rodando por el suelo.

El costado le ardía terriblemente y notaba su propia sangre pegajosa, fluyendo por dentro del traje de cuero rojo. Retiró las máscaras negras y miró las caras de aquellos hombres. Su piel era amarillenta y sus rasgos característicos de la región llamada Tao-sen. Si alguien había contratado aquellos peligrosos mercenarios y había pagado sus tarifas...¿qué demonios contendría la caja de remaches plateados?.

Sacudió la cabeza para quitarse el deseo de abrirla. Emprendió la marcha a paso ligero; todo lo ligero que le permitía el pronfundo corte de su costado y los múltiples verdugones que ya empezaban a asomar en su pálida piel.

Debía llegar cuanto antes al poblado que había a media jornada de marcha, allí podría coserse el corte y descansar un par de horas.

Demasiadas incógnitas. Sacó la caja y pasó los dedos, sucios de su reseca sangre, por encima de la tapa. " No te pagan por pensar, ni por saber. No es del Lethani descubrir secretos ajenos." La guardó de nuevo, pero su inquietud no cesó.

Despuntaba el alba cuando llegó al poblado y se tendió a la sombra de un granero.Exhausta. Herida. Sedienta de agua y de curiosidad.


El grito.

Esta entrada la escribo en un día de furia. La musa llegó de madrugada cuando no podía atenderla, pero dejó en mi cabeza muchas sensaciones que se expresan en esta canción y este texto. Solo te pido, a tí, lector, que la leas con calma y la escuches del mismo modo. Shedain es un personaje al que me cuesta llegar, como aquellos que la conocen, y espero que a partir de aqui me cueste menos recorrer el camino del Lethani. 

escucha la canción aqui. 


Comenzaba a oscurecer y los rayos del astro rey reflejaban en las montañas haciendo que las nubes naranjas refulgieran en el ocaso azul como joyas flamígeras.Los sonidos se apagaban, los animales se retiraban a descansar, las personas volvían a casa a disfrutar del fin del día en compañía. Ni siquiera el viento la acompañaba en su caminar, a paso tranquilo, como siempre. 
Llevaba ya varios meses viviendo entre bárbaros y comenzaba a plantearse serias dudas. Se cuestionaba algunas de los dogmas que le habían inculcado desde pequeña. Era del Lethani buscar la verdad...¿Pero por qué producía tanto desasosiego?. Añoraba la tranquilidad de Haert, la seguridad de lo conocido, la anestesia de la rutina.
Miró por encima del hombro: la ropa de la única persona con la que hablaba con fluidez en aquella ciudad, ondeaba en el hilo de tender, y se hacía cada vez más pequeña mientras se alejaba. Esa era otra cuestión. Era de naturaleza silenciosa, pero encontraba que su carga se aliviaba un poco cuando pasaba unas horas charlando con aquel bárbaro, descubriendo la naturaleza de aquellas extrañas personas, conociendo sus costumbres, entendiendo su forma de ver el mundo. Se sentía menos aislada. Sí, eso era.
Una manzana rodó hasta sus pies y chocó con su bota. Se detuvo, algo sobresaltada, pues se había ensimismado más de lo que le gustaría. Se agachó y la recogió. Un niño de no más de seis años llegó corriendo con una gran sonrisa y el pelo alborotado y le tendió la mano abierta. Ella depositó la fruta en su palma; el chico dijo un alegre"gracias" y corrió como un conejo hasta la entrada de su casa, donde su padre lo esperaba. Un hombre de unos veintitantos años, que lo agarró del pantalón y lo hizo girar entre risas. 
Iba a seguir su camino pero esa imagen la atrapó y no pudo apartar sus plomizos ojos de la escena. El chico dejó la manzana sobre un tocón de un árbol. Sujetó una espada de madera y se lanzó a cargar contra el enemigo. Su padre lo corregía y le daba instrucciones de cómo enderezar la postura e imprimir la fuerza justa. Ambos tenían en sus gestos la certeza de una seguridad, de un afecto, de noches sin pesadillas y tiempo compartido como única finalidad y premio.
La escena se desarrollaba a cámara lenta y muda ante sus ojos, y en su cabeza algo comenzaba a despertarse. Aquellas personas sin saberlo estaban abriendo la puerta a algo muy oscuro.
Tras ellos apareció una mujer con el pelo castaño recogido en un moño, llevando de la mano una niña de rizos castaños que mordía un trozo de pan. El niño resbaló en la arena por lanzarse con demasiado ímpetu, y todos rieron. El padre le ayudó a levantarse y le puso la mano en el hombro derecho, girándose y entrando en la casa todos juntos.
Shedain sintió la punzada de dolor en ese mismo hombro, y sintió la opresión en el pecho, el dolor sordo que la empezaba a atenazar mientras en su cabeza se reproducía un flash. Una niña rubia de ojos grises, de no más de cinco años, en pie frente a un enorme charco de sangre, desde el cual la observaba la cabeza separada del cuerpo de Shae, su madre. La mano de Magwyn sobre ese hombro, apartándola de la visión del cadáver del compañero de su madre, Lanvir, atravesado por Caelan que le entraba por la boca del estómago y le salía por el omóplato izquierdo. Sintió cómo quemaban esos dedos en su hombro.
Sintió que le faltaba el aire, que sus pulmones estallaban, que el dolor en forma de cristales le subía por la garganta, y un escozor ardiente llegaba hasta sus ojos. 
Trató de buscar el control, trató de escuchar su corazón y refugiarse en su ritmico latido, pero solo escuchaba el vacío del dolor. La invadió el pánico y lo unico que pudo hacer es echar a correr. Corrió como si la persiguiese el diablo, forzando al máximo su cuerpo. Corrió veloz, por todo el bosque, golpeándose con algunas ramas que arañaban su piel, aunque no las había visto ni sentido. Mientras corría, de su garganta salió el dolor y la presión en forma de sollozo, y parecía que así empezaba a entrar aire de nuevo. La quemazón de ojos pronto se vio superada por una inundación de agua salada que rodaba sin control por su cara, saltando de su piel al viento.
Llegó hasta la orilla de una poza profunda del rio, metió los pies en el fango, se desprendió de Caelan y la lanzó con todas sus fuerzas al agua. Un grito desgarrador surgió de su garganta, mientras caía de rodillas con los puños apretados.
El sol daba sus últimos estertores cubriendo el agua de destellos violeta. Cuando la espada se hundió en la negrura del fondo, las ondas llegaron hasta sus rodillas enfangadas, lamieron sus puños cerrados como si la naturaleza quisiera consolarla.
Poco a poco salió todo el dolor que había encerrado en una parte de su mente durante veinte años, como mecanismo de superviviencia. No se había permitido sentir la pena. Se había dejado mecer en la rutina del Ketan, se había refugiado en sus enseñanzas, aquellas que inculcaban que los sentimientos nos hacen débiles, que pensar con el corazón es perder el control y entrar en el caos. Había tenido apoyo, guia, maestros... Pero no había recibido afecto, no había sentido nunca el calor de una mano en el hombro, ni la seguridad de un hogar en las noches de pesadillas. Había borrado todo rastro de cuanto podía doler. Pero allí estaba, todo el dolor junto, estallando, liberándola de su carga.
Poco a poco recuperó el aliento y sus ojos dejaron de escocer. Se frotó la cara para secarlos, dejando un rastro de barro. Se miró las manos, aún convulsas, bloqueada mentalmente.
No sabría precisar cuanto tiempo estuvo así, pero la luna ya reflejaba su pálida tez en la superficie del agua, cuando su cerebro despertó y su cuerpo obedeció las órdenes.
Se despojó lentamente de su camisa roja ganada con tanto esfuerzo, desabrochando cada correa de cuero, cada hebilla, cada lazo, mientras recordaba cada golpe, cada corte y cada caida. Le siguieron los pantalones y todo lo demás. Se metió en el agua fria, temblando, sin sentir más que la cuchillada del agua, y se sumergió en el fondo.
Al salir dejó a Caelan en la orilla, frente a ella. Se arrodilló y con las manos sobre las rodillas, recitó su letanía, y cuando llegó a “  pertenecí a Lanvir que me deshonró para matar a Shae y después quitarse la vida." añadió " y por último pertenecí a Shedain, que borró mi deshonra con sangre y una promesa".
Cuando sacó la espada de su vaina, la hoja estaba roja del tinte colorado de su recipiente. Entendió entonces que Caelan no era el yugo, no era la responsable de esas ausencias, eran los sentimientos de quienes la empuñaron. Y con la determinación de comprender por qué se mata, por qué se ama y por qué se muere...la envainó de nuevo, se vistió otra vez y se quedó apoyada en un árbol hasta que la oscuridad anegó el bosque por completo.

Shedain de Ademre. Ficha. Personaje de rol.

-       Nombre: Shedain

-       Edad: 26 años

-       Ocupación: mercenaria

-       Origen: Haert, capital de Ademre (una estepa de piedra y viento, lejos de todas partes)

-       Apariencia física: mide 1,70. De complexión delgada, enjuta y flexible. Como un perro de caza. Como la mayoría de los adem, es rubia y de ojos grises. Su piel es pálida, como es usual en los norteños.  Tiene múltiples cicatrices blancas por todo el cuerpo, derivadas de una vida entera consagrada al entrenamiento. Algunas son similares a las de arma de filo, a causa de la prueba que tuvo que superar para ganar su camisa roja. Viste siempre con pantalones, botas de piel, camisa roja ceñida en el torso y los antebrazos por correas de cuero teñido de rojo.

-       Posesiones: su espada  de dos hojas, Caelan, cuyo nombre significa Tormenta de hielo. Todo adem conoce las historias de las espadas que pertenecen a su escuela y a todos aquellos que la empuñaron, lo aprenden como una letanía que han de recitar en su iniciación. Shedain suele hacerlo cuando la desenvaina, aunque sea para limpiarla: El primero fue Chael, que me dio forma en el fuego con un propósito desconocido. Me llevó y luego me dejó. Luego vino Finol, la de los ojos limpios y brillantes, la bien amada de Dulcen. Mató a dos daruna, y luego la mataron los grimos en Vessten Tor..” y así hasta un total de cien nombres.

-       Aspectos psicológicos: Los adem siguen un código de vida llamado el Lethani. El Letani es el camino, la forma de vivir, el sentido de las cosas. No es solo un código moral o de honor, obedece a sabidurías más ancestrales. El autocontrol, la disciplina, la capacidad de observación y reflexión, son cultivadas con ahínco entre los camisas rojas. Shedain tiene un rostro inexpresivo, poco comunicativo. Su forma de hablar es parca en palabras y con pausas largas. En general todos los adem son así. Su lenguaje corporal les sirve de medio de comunicación, y gesticulan con las manos, con breves gestos, para expresar cosas. Es inútil provocarla si considera que no es del Lethani pelear en esa ocasión. No es huraña, pues tiene una mirada curiosa que suele ir de frente. Tan solo es silenciosa y poco dada a sentimientos excesivos, tales como la alegría, la furia o la desesperación. Para los adem, todo aquel que no es de Ademre, es un “bárbaro”.

-       Imágenes: es complicado encontrar imágenes de una adem, porque no han hecho películas sobre ellos. Pero se podría parecer a esta.
















Historia:

En algún lugar más allá del Estrecho de las ánimas. 20 años después.

Shedain trataba de cubrir su rastro. Sin huellas. Sin nombre. Sin historia. Ahora que volvían los tiempos oscuros, no estaba dispuesta a regresar, a seguir dando su sangre para recibir lo que por derecho le pertenecía: un lugar en Haert donde levantar una casa y morir de vieja. La vida de los mercenarios adem era dura: crecer sin sonreír, vivir sin amar, pelear para mantener el sistema que ellos mismos llamaban “civilización.” Y sin embargo los suyos se avergonzaron de ella y la condenaron a muerte.

Se detuvo en una aldea y pidió alojamiento en una posada. No se molestó en cenar ni compartir historias del camino con otros viajeros a la luz de la lumbre. En aquel cubículo sencillo, se descalzó las botas, dejó a Caelan sobre la silla y se tumbó a oscuras en aquel camastro, repasando sus recuerdos. Recordó el día de su iniciación.

Hoja que gira.

En Haert no había calle principal flanqueada por casas y tiendas. Los pocos edificios que se veían estaban muy separados, tenían formas inauditas y se integraban plenamente en el terreno, como si procuraran pasar desapercibidos. Las fuertes tormentas que daban nombre a aquella cordillera eran muy frecuentes allí. Los vendavales que las acompañaban, repentinos y cambiantes, habrían destrozado cualquier edificio elevado y anguloso como las casas de madera cuadradas típicas de las tierras más bajas. Los Adem, en cambio, edificaban con tino, ocultando sus edificios de los fenómenos meteorológicos. Las casas estaban construidas en el interior de las laderas, o hacia el exterior junto a las caras de sotavento de precipicios protectores. Algunas estaban excavadas en el suelo. Otras, labradas en las paredes de piedra de los riscos. Algunas apenas las veías a menos que las tuvieras justo delante. El paisaje era como sus propios pobladores: serios, inexpresivos, duros, de apariencia tranquila en el exterior, y en el interior un fuego alimentado con las palabras que no decían. Se contaba de ellos que se guardaban las palabras para alimentar su ira con ellas. Reinaba una tranquilidad extraña, sin el bullicio ni el hedor que había en los pueblos más grandes. No se oían cascos de caballos sobre adoquines. No había vendedores ambulantes anunciando a gritos sus mercancías.

Junto al árbol espada esperaban una veintena de mercenarios de camisa roja, y entre ellos, su maestra: Penthe.  Recitó su juramento con solemnidad. Todos aguardaron impasibles e inexpresivos. Finalizado esto, se quedó de pie, frente al árbol espada, observando el vaivén de sus hojas, afiladas como cuchillos. Rodaban, bailaban y se mecían al son del cambiante viento de Ademre. Tras concentrarse y calmarse, avanzó con paso firme hacia el interior del árbol sagrado. Esquivó las hojas, todas las que pudo, rodando, saltando y realizando posturas del Ketan como “bailar hacia atrás” o “león rampante”. Pero nada de agacharse; era una cuestión de orgullo. Tardó unos diez interminables minutos en llegar hasta el enorme tronco central. Y lo hizo sin ningún rasguño.

Cuando llegó había un paquete, envuelto en tela de arpillera. No era aquello lo que esperaba. Normalmente desperdigaban varios objetos para que el iniciado escogiese, y según la elección, ésta marcaría su rumbo. En su caso, solo había un paquete.  Lo sujetó con ambas manos, y comenzó a destramar las cuerdas que lo envolvían. Cuando éstas cayeron al suelo, el objeto resplandeció a través de las hojas del árbol. Le temblaron las manos y la dejó caer: allí estaba Caelean, la espada maldita de su padre. La espada con la que decapitó a su propia madre y después se quitó la vida. Aquel suceso conmocionó a todo Ademre. El Lethani, su código de vida, enseñaba el autocontrol, el equilibrio, el camino… Ningún adem hacía algo como aquello. Ella era muy pequeña, y ni siquiera recordaba sus rostros. Se crió en la escuela como otros niños huérfanos. La vida del camisa roja solía ser dura y corta. Fue una buena alumna, meticulosa, sistemática, aplicada… y sin embargo los maestros se burlaban de ella con aquella broma macabra.

No. No caería en aquella trampa. No era del Lethani desconfiar del propósito de los sabios. Se ciñó a Caelean a la espalda y se decidió a salir. Si debía recitar a diario la letanía de su espada, lo haría, aunque no pudiera obviar la parte : “ y por último pertenecí a Lanvir que me deshonró para matar a Shae y después quitarse la vida” . Comenzó a avanzar entre las hojas que giraban. Esta vez a pesar de su buena técnica de Ketan, algunas de ellas rozaron su carne, desgarrando con cortes limpios y profundos su pálida piel. Era consciente de que aquello la había perturbado más de lo que querría admitir. Pero allí estaba, y tendría su camisa roja, al precio que fuera.



Cuando salió de la prueba de la hoja que gira, su camisa marrón estaba empapada de sangre a rodales, donde las cuchillas habían cortado piel y músculo. Pero su rostro no mostraba la más mínima expresión. Se situó en el centro del círculo de mercenarios y recitó la letanía de aquella espada. Magwin la miró haciendo un leve gesto con la mano “Aprobación. Pesar.” Era la encargada de enseñarles las historias de las espadas. Penthe se adelantó y le tendió una camisa roja.



- Ahora ya puedes ir a trabajar a tierras bárbaras.- En aquellas palabras estaba incluido “Esa espada es tu prueba, tu reto. Es del lethani superar los retos y no olvidar el pasado para no cometer los mismos errores.”



Shedain hizo un gesto con la mano “Gratitud. Permiso”, y se encaminó a la clínica a que le cosieran los cortes.



Un mundo de bárbaros.


Alguien llamó a la puerta. Shedain salió de sus recuerdos con un sobresalto. Nada. Un borracho que equivocó la habitación.  Ya habían pasado veinte años desde aquello, y sin embargo ese día le seguía asaltando de tanto en tanto. Hizo balance mental de todo lo ocurrido en aquel entonces, que no era poco. Trabajó de mercenaria durante muchos años, y ahora, cuando su pulso ya no era tan firme y sus ojos se cansaban con facilidad, añoraba el páramo ventoso de Haert. Nunca pensó que acabaría de aquel modo. Había decidido vivir en un mundo de bárbaros, y eso era cuanto tenía. Alejó de sus pensamientos los momentos dolorosos que la empujaron a renegar de Ademre, y se sumió en un sueño oscuro.



PD: esta historia la cuenta Shedain al rememorarla de mayor. En el rol, tiene la edad de la ficha.